

De padre
a hijo.
Mucho antes de las nuevas cajas y los nuevos sabores, ya había una forma de hacer las cosas. El padre de César fue quien convirtió sus croissants en una de esas cosas que la gente asociaba directamente con París.
César creció con esa base. Años después le tocó continuarla, respetando lo aprendido y añadiendo su propia manera de entender la confitería: nuevos sabores, nuevas ideas y la misma obsesión por el producto.



